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“Y DE LEJOS CONOCE AL SOBERBIO”

     Una de las imágenes equivocadas que solemos tener los modernos de Dios es de que se trata de Alguien totalmente ajeno a nuestra responsabilidad y salud moral. A veces confundimos la bondad de Dios y Su amor eterno por los hombres como si esto fuera motivo de pasar por alto cualquier actitud de nuestra alma. Nada más lejos de la realidad que nos presenta la Sagrada Escritura.

            Uno de los Salmos que cantamos en la Liturgia nos dice que Dios “de lejos conoce al soberbio”, lo cual quiere decir que el Señor siente verdadero rechazo por algunas actitudes morales de las personas. Es por ello que la Palabra de Dios de este Domingo nos presenta una parábola en la que Jesús nos adiverte sobre la vanidad y la soberbia del que se cree justificado solamente por practicar de forma vacía los preceptos de la religión. “¿Qué ganancia hay en ayunar dos veces por semana si eso sólo sirve como pretexto de tu ignorancia y vanidad, y te hace soberbio, altanero y egoísta?” (Cirilo de Alejandría, Comentario al Evangelio de Lucas, 120).

            En efecto, a veces los cristianos nos ganamos el “desprecio” de Dios porque utilizamos la oración, la limosna o el ayuno para engordar nuestro orgullo, y aquello que tendría que servir para nuestra salvación, se convierte en todo lo contrario.

            Tenemos que tener mucho cuidado con la práctica de las virtudes y de la piedad, porque el Enemigo, bien astutamente, la aprovecha para hacernos retrasar nuestro progreso. ¿De qué modo? Pues sencillamente alejándonos de nuestra verdadera realidad de pecadores mendigos de la verdadera justicia que viene únicamente de Dios y engordándonos el orgullo.

            En consecuencia, varios son los temas que podrían resaltarse en la predicación de este Domingo, como son la oración, la humildad, la práctica religiosa verdadera y, entre estos, el que yo quiero destacar, por considerarlo de vital importancia en nuestra época eclesial. Me refiero a la cuestión de la Confesión sacramental.

            En nuestros días, parece reinar la idea según la cual la confesión no sería decisivamente importante, y esto lo podemos comprobar en el hecho de que muchos confesonarios de las parroquias están vacíos antes de la Misa, porque a veces nos puede más a los sacerdotes la atención de otros asuntos parroquiales como el atender a la gente, el despacho etc. Pero la realidad es que sólo “un corazón quebrantado y humillado Tú no lo desprecias” (Sal 50). O también: “cuando vayas a hacer tu ofrenda en el altar, y te acuerdes de que tu hermano tiene algo contra ti, deja tu ofrenda y vete antes a reconciliarte con tu hermano”.

            A pesar de estas palabras del Maestro, nosotros dejamos mucha rienda suelta a nuestro modo de ser propiamente humano: el carácter soberbio. Nos cuesta tanto reconocer nuestras debilidades y pecados, y sin embargo somos tan prestos a dar a conocer nuestros éxitos y buenas obras. ¿No nos damos cuenta de que Dios rechaza al que cae en el engaño de pensar que su pericia lo consigue todo, y que en cambio ensalza al que se humilla? ¿Cómo somos tan ciegos de no ver que la única posibilidad de recibir la Misericordia divina es darnos cuenta de nuestra indigencia? A nadie le gusta experimentar su miseria, cierto. Pero puesto que es un hecho, ¿a qué viene ocultarla presentado a Dios unas ofrendas meramente rituales, vacías, exangües de toda verdadera caridad? Por eso Jesús termina la parábola diciendo que el publicano bajó justificado, en cambio el fariseo no. Por tanto, o las obras de nuestra religión brotan de un corazón y una conducta humilde o estaremos condenados a la ausencia de la Misericordia de Dios.

            Es por ello necesario volver a la práctica de la confesión frecuente, signo inequívoco de nuestra conciencia verdaderamente cristiana, o sea, necesitada absolutamente del poder y la Gracia divinas para hacer obras de sincera piedad. Necesitamos reconocer nuestra pequeñez y debilidad, como el publicano, y una vez conscientes de lo que somos por nosotros mismos, acercarnos al lugar del consuelo, de la luz y de la paz que vienen del Calvario donde Cristo entregó Su Vida por nosotros. ¿Cómo acercarnos a ese Manantial? ¿Dónde está ese Calvario? En el confesonario de tu parroquia. Allí te espera el Amor en Persona, en el sacerdote.

            Pidamos a Dios que nos conceda el don de la santidad; sólo en ella el corazón vive de Dios. ¿Por qué conformarse con un poco de amor cuando en la humildad y en las Manos de Dios Él puede dárnoslo absolutamente todo?

            Que Dios nos lo conceda. En el Nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén.

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