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El sentido cristiano de la muerteChristian meaning of deathIl senso cristiano della morte

Introducción

            “La vida de los que en ti creen, Señor, no termina, se transforma; y al deshacerse nuestra morada terrenal, adquirimos una mansión eterna en el cielo” (Prefacio de difuntos, Misal Romano, ed. Típica, p. 439).

            ¿Qué es la muerte? ¿Estoy preparado para afrontarla? ¿Existe algún lugar o estado en el que perviva el yo personal más allá de esta vida? ¿Vivo con la conciencia de que tengo que morir o simplemente eludo su realidad?

            Estas preguntas suponen una universal preocupación del hombre de todos los tiempos ante el enigma de la propia vida. Nuestra cultura actual esquiva su realidad, la tamiza, tiene mecanismos sobre todo de marketing que la alejan de nuestra vida cotidiana. Si bien en un tiempo se vivía con cierta naturalidad ante ella, el cementerio, término cristiano que significa dormitorio, sustituyó con la acogida de la fe al término clásico necrópolis, que significa ciudad de los muertos. Este cambio no sólo supuso la introducción de una nueva terminología sino además una nueva forma de convivir con esta realidad. Las Iglesias, que ocupaban el centro de los núcleos urbanos, albergaban consigo los cementerios, y allí todas las personas podían hacer su vida cotidiana en unión con esta realidad. Hoy, en cambio, los cementerios son lugares lúgubres que no sólo han sido colocados fuera de la ciudad sino que adquieren un carácter más mistérico que cristiano. La muerte produce miedo, desequilibrio, hasta pavor, diría yo. Los medios de comunicación, la producción artística en el cine, nos la presentan de dos modos: o la exaltan morbosamente o se mofan de ella. Jamás entenderé el gusto de ciertos directores y cinéfilos a la producción de películas ricas en violencia y muerte, donde ella se exhibe sin más ardor que su propia estupidez. Por el contrario, a veces vemos en las series o en algunos programas de TV su ridiculización.

            Pero volvamos a las preguntas. ¿Qué es la muerte? Todos saben que la muerte es el momento en que a alguien le llega el fin de su estancia en este mundo. Es la desaparición total de la persona.[1] Sin duda que la importancia de este hecho nos plantea la cuestión de la responsabilidad ante la muerte. ¿Estoy yo preparado a ella? Uno de los dramas de nuestro panorama cultural actual es desentenderse de ella como si no existiera y vivir sin dar respuesta alguna. El problema es que, a fin de cuentas, ella condiciona nuestro presente y el sentido de nuestra vida. Por esto, bien podemos decir que en su gran mayoría las personas hoy no están preparadas para morir. Pero ¿hay alguna forma de vida más allá de este mundo que haga pervivir al yo personal? Esta cuestión es tan importante que, como decía antes, condiciona toda la existencia y la forma de vivirla. En este contexto, suelo sugerir una “terapia” que puede ser muy productiva. Consiste en preguntarse qué sentido tiene mi vida actual si la confrontamos con la muerte venidera; más aún, con una muerte cuyo advenimiento no sabemos cuándo se producirá. Aparentemente resulta un ejercicio tétrico. No. Se trata de tomar conciencia de la vanidad de una vida sin respuesta, de un caminar sin sentido. Hay que reducir honradamente nuestra vida al absurdo para que de ese shock pueda venir algo mejor.

 1. El sentido cristiano de la muerte

            Después de esta pequeña meditación introductoria podemos pasar a reflexionar sobre el sentido cristiano de la muerte. Es bueno remarcar eso de cristiano porque la Fe en Jesucristo da una visión completamente novedosa respecto a ella. Al tratarse de un hecho histórico, al estar basada nuestra fe en la racional confianza en una Persona que tiene la respuesta a este importante enigma, el cristiano mira la muerte de una manera singular que merece la pena contemplar tranquilamente.

            Antes de entrar en esta materia convendría hacer alusión al último tema del bloque segundo donde estudiamos ya el sentido cristiano de la muerte. Allí nos fijamos sobre todo en el origen de la muerte y el sentido de nuestra esperanza, según la Palabra de Dios nos ilumina. Por tanto, convendría refrescar ese tema. Aquí en el blog esa cuestión está titulada con el tema “¿Jesús es la respuesta? (IVº): Sentido cristiano del sufrimiento y la muerte.

            Dicho todo esto, podemos entrar en materia. Las palabras con las que hemos encabezado el documento son del todo iluminadoras. Según éstas, la vida no termina, se transforma. Esta es la primera importante afirmación. Significa que con el término vida, un cristiano no entiende el simple existir en este mundo. La palabra vida tiene un sentido mucho más profundo. En primer lugar, la fe nos enseña que la vida pertenece de un modo exclusivo a Dios. Dios es quien en Sí Mismo posee la vida en plenitud. Nosotros, en cambio, no poseemos la vida sino que la recibimos de modo gratuito. Y quizá aquí –perdónenme el apéndice- se esconde la razón del ateísmo de muchas personas, en la gratuidad del don de la vida.

            Por tanto, vida es algo que no podemos encerrar en el espacio y el tiempo del mundo. Ya a nivel incluso natural, los Santos Padres hacían ver cómo los misterios cristianos tienen su pequeño vestigio en el mismo acontecer del mundo natural. La semilla muere y se transforma dando el fruto de su existencia. ¿Por qué negamos al hombre lo que todo ser lleva en sí? El ser es portador de vida, de sentido, de palabra, de eternidad. El ser humano lleva dentro de sí un fruto que tiene que fructificar, y para llegar a dar este fruto Dios le concede el don de esta vida. El aparente y patético sentido que la cultura occidental actual da a la vida de las personas es muy triste. Gozar y planear, sufrir y luchar pero ¿para qué? Por sí mismo. Yo no creo ni que esta filosofía de vida pueda hacer feliz a una persona ni que ésta tenga sentido. Si el gozo, la lucha y el dolor no tienen un fin más grande, si toda la vivencia no se enmarca en un horizonte de sentido último, de respuesta, entonces la vida es absurda y hubiera sido mejor no vivirla. ¡Qué tremendismo! Si hacemos el ejercicio que propuse antes podremos entender por qué digo esto. ¿Qué sentido tiene enamorarse de la vida y sus encantos si más tarde o más temprano la muerte se lo llevará todo. Yo no creo en la caducidad del amor, tan de moda ahora. Esas personas que tan fácilmente se comprometen en ciertos amores para luego cambiarlos porque se supone que no funcionan. Creo que el problema es que nunca hubo ni amor, ni disposición al amor.

            “Y al deshacerse nuestra morada terrenal, adquirimos una mansión eterna en el cielo”. Muchos comprueban con amargura cómo sus cuerpos van envejeciendo, desgastándose y enmarañándose en múltiples heridas propias de la misma vejez. No lo llevan bien. Es normal. Se trata de una experiencia dolorosa y no fácil de asumir. No estamos hechos para sufrir ni para sufrir un trauma tan grande como el de perder momentáneamente nuestro cuerpo. Sin embargo, hay una esperanza. El mismo Dios que nos formó de la nada y nos dio forma con un cuerpo, nos devolverá ese cuerpo perdido pero esta vez glorificado. El cuerpo es lugar sagrado no sólo porque lo hizo Dios sino porque es morada de Dios. Él habita ahí desde el bautismo. Somos, pues, templos del Espíritu Santo, lugar donde la Santísima Trinidad se complace de estar (1 Co 3, 16). Pero ¿en qué se basa nuestra esperanza? En la Palabra de Dios. ¿Sólo? No. La Palabra de Dios siempre viene acompañada y confirmada por la acción de Dios. La vida y el misterio de Cristo, en donde los hombres encontramos el sentido de nuestro ser hombre (GS 22) dan respuesta y razón a esta esperanza que anhelamos y que Dios nos ha prometido. Todo por Su Hijo. Todo por Cristo. Por eso, rechazar u obviar a Cristo es negarse a querer oír la única respuesta que nos ha sido dada bajo el cielo (1 P 3, 21). Jesús nos ha revelado que la muerte, que no fue querida por Dios sino que vino como consecuencia de nuestro pecado, es un paso hacia nuestra definitiva patria. No sólo eso. Él mismo sufrió la muerte para redimir nuestro pecado y ser el primero en dar el paso como primogénito de entre los muertos. El sufrimiento y la crueldad de Su pasión expresan la gravedad del alejamiento de Dios, la envidia inconsumible del Diablo y la necesidad nuestra purificación. Los primeros cristianos lo entendieron de forma clarísima. Así, los primeros mártires hicieron vida las palabras del Apóstol de los gentiles “Para mí la vida es Cristo, y una ganancia el morir” (Flp 1, 21). El texto que vimos al final del tema uno del primer bloque llamado “Carta a Diogneto” también va en este sentido.

            Jesús se presentó como camino, luz, resurrección y vida, según el testimonio del Apóstol san Juan, y así lo recogieron sus discípulos. Estas palabras del Salvador han sido vividas y anunciadas por todo el orbe durante más de veinte siglos. ¡Cuántos cristianos han hecho y siguen haciendo viva esta esperanza! Como bien expresa el Catecismo de la Iglesia, la muerte fue transformada por Cristo (1009). Toda la reflexión teológica en torno a la muerte gira en torno a nuestra esperanza en Jesucristo. Él es la razón de nuestra esperanza. Él es quien nos ha dicho una palabra firme y eterna sobre la vida y la muerte. La gracia del Evangelio está, sin duda, en que ya aquí y ahora podemos experimentar el sentido de nuestra vida y la gracia de la eternidad anticipada. Pero nos cuesta entender que sólo en la comunión con Dios puede esto hacerse realidad. No podemos rechazar a Dios y pretender encontrar el camino, porque Él es el camino. No podemos pretender alcanzar la vida fuera de Él es la Vida. No podemos pretender responder al problema de la muerte porque Él ha vencido a la muerte.

Conclusión

            ¿Hay algún indicio que nos haga pensar en la razonabilidad de esta propuesta divina? Sí. El corazón del hombre es un grito constante que pide vida, y vida en abundancia. Es un manantial que, con no estar totalmente seco, sin embargo anda sediento de un agua más pura. Es el inquieto desierto que no se conforma con su sol abrasador y su escasez de agua y comida sino que espera, más allá de toda apariencia de sin sentido, la lluvia que lo fecunde y haga germinar en él, el milagro de la vida… eterna… Cristo…



[1] En esta definición dejo fuera a los grupos esotéricos y ocultistas que, guiados por el Diablo, intentan prorrumpir este hecho natural para establecer una falsa continuidad que lo único que provoca es alejar de Dios y aumentar el sufrimiento de las personas.

 

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